Wednesday, February 25, 2009

un amor grande

Esta historia es preciosa...

Cualquiera que haya sido el destino de aquellos proyectiles de mortero, el hecho es que cayeron sobre un orfanato dirigido por misioneros en un pequeño pueblito de Vietnam. Los misioneros y uno o dos de los niños murieron en el acto. Varias criaturas más quedaron heridas, entre ellas una chiquilla de unos ocho años.
Algunas personas del pueblo pidieron asistencia médica desde una localidad vecina que tenía comunicación por radio con las fuerzas norteamericanas. Finalmente un dóctor y una enfermera de la marina llegaron en jeep. No portaban otra cosa que sus bolsos de instrumental médico elemental. Determinaron que la niña era la que se encontraba en estado de mayor gravedad. Sin una intervención rápida, moriría a causa del shock y de la hemorragia.
Una transfusión se hacía imperiosa y para ello se requería de un donante con el grupo sanguíneo correspondiente. Un rápido análisis arrojó que ninguno de los dos norteamericanos era del mismo grupo sanguíneo que la nena, pero varios de los huérfanos sí.
El médico apenas balbuceaba unas palabras en vietnamita y la enfermera hablaba un poco de francés elemental. Con esa combinación y un improvisado lenguaje de señas, trataron de explicar a aquellos niños asustados que si no suplían parte de la sangre perdida por la niña, ésta moriría sin remedio. Preguntaron entonces si alguien estaba dispuesto a donar sangre para ayudarla.
Su petición fue respondida con miradas atónitas y un silencio absoluto. Luego de unos minutos, que parecían eternizarse, se alzó titubeante una pequeña mano, que enseguida se plegó para finalmente levantarse otra vez.
—Muchas gracias —dijo la enfermera en francés—. ¿Cómo te llamas?
—Heng —respondió el niño.
Rápidamente acostaron a Heng sobre un catre, le limpiaron el brazo con alcohol y le introdujeron una aguja en la vena. El niño permaneció quieto y en silencio a través de aquella penosa prueba.
Al cabo de un momento soltó un profundo sollozo y se tapó rápidamente la cara con la mano que tenía libre.
—¿Te duele, Heng? —preguntó el médico.
El niño movió la cabeza respondiendo que no, pero luego de unos momentos soltó otro sollozo y una vez más quiso disimular su llanto. El médico volvió a preguntarle si la aguja dolía y una vez más Heng respondió negativamente, haciendo señas con la cabeza.
Sin embargo, sus gemidos esporádicos derivaron en un llanto continuo y silencioso. Mantenía los ojos herméticamente cerrados y el puño en la boca para acallar sus sollozos.
El médico y la enfermera comenzaron a preocuparse. Evidentemente algo le pasaba. En ese momento llegó una enfermera vietnamita para asistir al equipo médico. Al ver la angustia del pequeño le habló de forma presurosa en vietnamita. Escuchó su respuesta y volvió a platicarle, esta vez en tono tranquilizador.
Al cabo de unos momentos el paciente dejó de llorar y miró a la enfermera vietnamita con gesto dubitativo. Al asentir ella con la cabeza, la expresión del rostro del pequeño cambió por una de gran alivio.
Levantando la mirada, la enfermera dijo en voz baja a los norteamericanos:
—Creía que se estaba muriendo. Les entendió mal. Pensó que le habían pedido que diera toda su sangre para salvarle la vida a la niña.
—¿Pero por qué habría de acceder a eso? —preguntó la enfermera norteamericana.
La vietnamita repitió la pregunta al niño, quien respondió escuetamente:
—Es mi amiga.
«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (S. Juan 15:13).